Desde hace casi un mes, miles de venezolanos asisten al lugar donde se encuentra sembrado el máximo líder de la Revolución Bolivariana, Hugo Chávez.

En el sitio, ubicado en la combativa parroquia 23 de Enero, la peregrinación es constante, para compartir durante un momento el mismo espacio de aquel hombre que estuvo anónimo hasta el 4 de febrero de 1992, cuando ante millones pronunció la recordada frase “Por ahora”.

En ese lugar, conocido como Cuartel de la Montaña 4F, tuvo lugar el comando de operaciones que Chávez lideró en la rebelión del 4 de febrero de 1992, década dura para el país en donde la pobreza tocaba a 67,2% de la población.

Ese año, el comandante junto a otros militares, se alzaron en contra de las políticas neoliberales implantadas en el país por Carlos Andrés Pérez.

La rebelión no tuvo éxito, pero trazó el camino de lo que sucedería seis años después con la elección de Chávez como presidente de la República el 6 de diciembre de 1998, con 56,20% de los votos.

Chávez descansa en un monumento diseñado por el reconocido arquitecto Fruto Vivas, quien construyó una plazoleta rodeada de banderas llamada Plaza del Eterno Retorno. Allí, se mezclan el agua, la piedra, el viento y el fuego.

En el ensayo “Aquel comandante sin nombre”, el escritor Luis Alberto Crespo relata la manera en que conoció al máximo líder, un 19 de marzo de 1984 ó 1985, en las fiestas populares de Elorza, en el estado Apure.

“Gente de espuelas y cuchillos, pulperos y beneficiadores de reses, comerciantes, obreros, el peón y el bachiller, (…) Elorza todo se hallaba, allí, vivo, un 19 de marzo con Eneas Perdomo en el pecho de cada uno, escuchando la invitación de aquel capitán desconocido a unir a Venezuela junto al soldado y al hombre común, abrazados a la igualdad, justicieros de la injusticia social, dueños de su porvenir”.

Más adelante, Crespo afirma que “de aquel 4 de febrero proviene su ardimiento. Hoy enciende a Venezuela y a los pueblos de América y de más lejos”.

Este escrito, publicado en el libro Un día para siempre, fue recordado por el presidente Chávez, a su llegada a Venezuela, proveniente de La Habana, Cuba, el 7 de diciembre de 2012, donde confesó que ardía desde que era el arañero de Sabaneta.

Ese fuego que lo hizo arder, que lo llevó a enfrentar durante su carrera política innumerables adversidades, golpes de Estado, manipulación mediática, y en los últimos años una difícil enfermedad, sigue vivo, no se ha apagado y así lo demuestra una llamarada que se mantiene encendida a la entrada del lugar donde reposa.

Ahora esa llamarada la avivan millones de Chávez que han jurado mantener y continuar su legado, que han gritado a viva voz, con consignas, con movilizaciones, con acciones, que ese fuego no se ha extinguido.

 

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