Ya no había que pedir permiso para transitar en el Paseo Los Próceres. Luego de 10 días de honores, la capilla ardiente había cerrado sus puertas. La costumbre de hacer fila, sin embargo, permanecía con menos aglomeración. La convocatoria era para dar un hasta siempre desde las gradas del paseo, pero hubo quienes optaron por permanecer lo más cerca posible del umbral de la academia.

Desde el puente Longaray, pasando por la alcabala II de Fuerte Tiuna, los vendedores ambulantes hacían lo suyo: otra vez franelas, otra vez bandanas, otra vez cds con 110 canciones interpretadas por el mandatario venezolano, otra vez pinchos y papelón con limón; un souvenir nuevo captó la atención del ojo, portarretratos de madera con la foto del presidente Hugo Chávez, listos para ser dispuestos en alguna mesa de noche, biblioteca, repisa, junto a los retratos familiares, junto al mismo cariño que encierran los recuerdos capturados en imágenes.

A las 9:40 de este viernes 15 de marzo, día del traslado de los restos “inmortales” – como comentaba la gente apostada en las cercanías de la Academia Militar- del líder de la Revolución Bolivariana, un escuadrón de la Guardia del Pueblo se organizaba para distribuirse en la Autopista Valle – Coche, segundo punto del último recorrido que, escoltado por su tren de gobierno y su gente, haría el comandante.

Con flores frescas en mano Antonia de la Cruz Sánchez esperaba desde las 7 de la mañana la salida de la caravana. Tiene 63 años y no le pesan ni para la espera ni para culminar el largo recorrido desde La Pastora, donde vive y de donde salió en pleno inicio de la mañana hasta el Cuartel de la Montaña “4 de Febrero”, ubicado en la parroquia 23 de Enero.

“Voy a llegar hasta el final, porque es que este amor hay que sentirlo en las venas. Ahí en la sangre es donde se siente la Revolución” – expresa esta dominicana nacionalizada hace 37 años. “Y aquí está mi bandera, sí mi bandera – agrega ondeando el tricolor venezolano – porque la amo, porque amo este pueblo, porque aquí me abrieron las puertas y aquí tengo más de la mitad de mi vida, con el orgullo de haber visto a un presidente como Chávez”.

“¡Los brazaletes de lona, los brazaletes de lona, lleve su brazalete de lona!” grita un moreno bajo el sol, ya en las gradas. Pero a Elba Corona, de los Valles del Tuy, no le hace falta brazalete; en su brazo izquierdo tiene un tatuaje permanente – lo aclara con orgullo gritándole a la cámara – de la cara del presidente Chávez que acaricia, besa y exhibe.

Hay cansancio, hay tristeza, hay un dolor callado y hay nuevas consignas. Con un “¡Maduro pa’ Miraflores, Capriles pal’ manicomio!” uno de los asistentes provoca carcajadas. A las 10:20 de la mañana, desde el Paseo Los Ilustres sigue llegando gente; llegan niños, viejos, trabajadores, bomberos, obreros y llegan los novios; ella rosa roja en mano, no porque se la haya regalado él, sino porque viene a traérsela a quien la hizo dejar su Buenos Aires natal por Caracas.

Agustina se llama la rubia porteña; los ojos claros, el pelo largo y rubio delatan su extranjería. Conoció a Miguel, caraqueñísimo, en el último Foro Social Mundial, se enamoró de él, pero más del proceso político y comunitario que pululaba en Venezuela de la mano del comandante Chávez, así que volvió a la Argentina para hacer las maletas y comenzar la carrera de Comunicación Social en la Universidad Bolivariana de Venezuela, casa de estudios ideada e impulsada por ése a quien hoy vinieron a homenajear.

Plaza Venezuela

Cerrado el paso por la Avenida Valle – Coche, custodiada ya a las 10:30 por la Fuerza Armada Nacional, se atraviesa la Universidad Central de Venezuela y se cae en Plaza Venezuela. Un inmenso letrero recuerda a los peatones que “Hoy tenemos Patria”.

Desde este punto de concentración saldrán algunos, otros se quedarán para observar, aunque sea desde lejos, la carroza en la que será trasladado el Comandante. Botellas de agua por todas partes, gratis. La hidratación es una necesidad esta mañana de viernes, con un sol apenas más benevolente que el que ha caracterizado el verano recio de las últimas semanas.

Las motos, en esta última marcha, tendrán que compartir espacio, canales, con las bicicletas. Y es que a las 11:10 ya un grupo importante de ciclistas se agrupaban para acompañar al comandante hasta su última morada. No eran ciclistas deportivos, no, era el Movimiento Revolucionario de Ciclistas Urbanos.

Humberto Duque, uno de sus integrantes, relata con la inconfundible cadencia del hablado sifrino que su presencia este viernes se debe a que “queremos respaldar al comandante, porque como ciclistas urbanos, es decir, que usamos las bicicletas como medio de transporte, nos sentimos comprometidos con el quinto objetivo del Plan de la Patria: el rescate ecológico y la protección del planeta”.

Están también estudiantes de la Universidad Bolivariana de Venezuela, con la inmensa pancarta azul profundo que ya los caracteriza, los hace visibles en las concentraciones, marchas y demás actos que han tenido lugar desde el pasado 5 de marzo, cuando se anunciara el fallecimiento de Hugo Chávez Frías tras luchar casi dos años contra el cáncer.

Avenida Sucre de Catia

Los funcionarios de seguridad obligan a la improvisación de rutas. Si bien la caravana fúnebre pasará de Plaza Venezuela a la prolongación de la Autopista Francisco Fajardo para enlazar con el túnel de La Planicie, teniendo la moto como transporte, sólo queda como alternativa atravesar la Cota Mil para llegar a La Pastora.

Las fachadas de La Pastora pueden resultar desconcertantes, arquitectura colonial: ventanales, portones, vivos colores junto a una humildad profunda. Humildad de puertas abiertas, vecinos que comparten azúcar, música revolucionaria a todo volumen. Las banderas izadas a medias ondean en las ventanas de algunas casas, en otras paredes destacan grafittis del presidente Chávez. Se nota que llevan tiempo allí, que no han sido hechos para hoy, quizá nadie ni nada estaba hecho para el día de hoy: la despedida de un hombre – más allá de un presidente, más allá de un latinoamericanista, más allá de un líder mundial – un hombre, a sus 58 años.

Por las calles de La Pastora se ven, en las calles casi desoladas, grupos de gente cuyo destino se adivina por las franelas rojas, van hacia el 23 de Enero, vía Avenida Sucre de Catia. Y allí, en esa avenida, en esa misma ruta por la cual bajó – en junio de 2011 – a Maiquetía para ser operado por primera vez de un tumor canceroso, los grupos ya no son grupos, son una multitud escarlata.

Son poco más de las 12 del día. Los presentes calman el hambre con sanduches de queso untable y arepas compradas en la unidad móvil de la Arepera Venezuela que se ha dispuesto en plena avenida, a escasos metros de una de las pantallas gigantes a través de las cuales se transmite el discurso de despedida pronunciado por el Mayor General de la Fuerza Armada Bolivariana, y maestro del presidente Chávez, Jacinto Pérez Arcay.

“Estás sembrado en el corazón de Venezuela, y en el del mundo”, dice Arcay y se hace el aplauso masivo. Aplaude el vendedor de cigarros, de café, el estudiante, el vendedor de papelón, la mujer trabajadora de Cantv (Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela), todos aquellos que se siente impelidos por la frase, todos aquellos que sienten que Chávez vive, en alguna parte, probablemente en sus corazones, pero vive, de eso no hay duda.

El aplauso es interrumpido por un burro que se abre paso entre la multitud para avanzar, un burro de tamaño real, pero de mentira. El burro es arreado por el diablo y el diablo lleva, de equipaje, una maleta de dólares. ¡Ah, mira lo que tiene pegado el burro!, dice una morena de piernas infinitas que resalta no tanto por las piernas, sino por las uñas de las manos pintadas de tricolor. Su compañera detalla la figura y se ríe, son imágenes del candidato de la derecha las que forran el lomo del animal.

Cuartel de la montaña “4 de febrero”

Se empieza a advertir el mareo luego de tantas vueltas en la moto. Cerrada la entrada principal al 23 para los motorizados, se intenta a través del barrio Montepiedad, pero tampoco. Finalmente alguien nos sopla: “por la Avenida Morán se puede”, y por ahí se entra y se atraviesa la zona F de una de las parroquias más populares y numerosas de Caracas, se pasa por su bulevard 27 de febrero, remozado con par de kioscos impecables, rojos, modernos, donde se vende pollo asado, y un parque infantil intacto. Está vacío el bulevard, los vecinos ya subieron, hace pocos minutos el presidente habían salido de la Academia Militar.

Falta poco para llegar al cuartel, punto final del recorrido. Los ojos descubren esta zona del 23, arriba, más arriba de lo que se ha visitado antes, y mientras más alto, más rojo, más grafittis, más consignas, motos con banderas. Los kioscos, en la redoma aledaña al cuartel, llevan nombres como “Coma aquí, camarada” y hasta los almuerzos que los vendedores informales expenden en tarantines improvisados para hoy llevan en este punto de la urbe caraqueña el adjetivo de “bolivarianos”. El ojo ve y la cabeza asume: “aquí es donde está la gente más resteada”.

La historia lo explica. Quienes viven en los alrededores del Cuartel fueron testigos de uno de los capítulos más importantes de la historia contemporánea de Venezuela. La madrugada del 4 de febrero de 1992 el señor Arquimiro Díaz despertó por el sonido de autobuses en movimiento saliendo del cuartel, se asomó por la ventana y vio que iban cargados de militares con boinas rojas. Aquellos boinas rojas estaban dirigidos por el comandante Chávez, iban rumbo a protagonizar la rebelión cívico – militar que dio origen a la Revolución Bolivariana.

Allí, en las puertas del cuartel, finalizó el recorrido. Cerrado aún el paso a las 2:00 de la tarde para motos y peatones, los que allí se habían congregado esperaban al compás de música llanera la llegada del presidente. No se advertía afán, sino júbilo, orgullo por tener a partir de hoy a este insigne vecino, cercano, allí, junto a ellos.

En el periodismo se vive a veces con la escisión de presenciar la noticia o adelantar al público la información previa al clímax noticioso. Ese compromiso final obliga a volver a la sala de redacción incluso a sabiendas de que la caravana está ya en las calles, rumbo al sitio que se acaba de dejar. Los tiempos de la moto coinciden con la carroza donde el presidente Chávez realiza su última marcha, y se desciende para verlo, junto al pueblo conmovido. “¡Te amamos comandante, te amamos!”, gritan desde el puente que da a la UCV y desde donde se ve pasar la caravana por la Avenida Valle – Coche. Vuelan los claveles rojos, la gente saluda, grita, llora, corre detrás del carro, corre lo más rápido que puede, corre tratando de superar la velocidad del vehículo, corre y no deja de gritar “¡Chávez vive, la lucha sigue!”, hasta que la silueta del automóvil se va difuminando en la distancia, rumbo a Parque Central, y no queda otro remedio que hacer palabra un deseo: “Buen viaje, comandante”.

 

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