Opinión

La semana pasada tuve como invitado a Roberto Enríquez, presidente del partido socialcristiano Copei, como invitado en el programa “Cara a Cara” que transmite Venezolana de Televisión. Para mi sorpresa, el amigo Enríquez me pidió encarecidamente que no lo “etiquetara” ni a él ni a su partido como de derecha

Le insistí un poco en el tema, pero el hombre incluso hasta se estaba molestando ante mis cuestionamientos. Por respeto a Roberto Enríquez, ese respeto que todas y todos merecemos como persona, no le insistí más en el tema, teniendo aún miles de argumentos por evocar en dicha discusión.

Antes de eso, durante la campaña, Henrique Capriles Radonski, candidato del partido –de derecha– Primero Justicia, se cansó de responder que él está más allá de la “izquierda” y “derecha”, siendo cierto que es un actor político de derecha.

Y es que ahora resulta que en Venezuela nadie es de derecha. Todos los partidos históricamente de derecha ahora se niegan a sí mismos y lanzan consignas absurdas diciendo que están más allá de etiquetas y mas allá de “izquierdas” y “derechas”.

La verdad es que no se es de derecha o izquierda porque uno quiera o no ser tal cosa, lo que te convierte en representante de una tendencia u otra son las ideas que defiendes y la visión del mundo que deseas construir.

En principio recordemos que ambos términos nacieron en el marco de la Revolución Francesa, en 1791, dado que el grupo político de los jacobinos se sentaba a la izquierda, mientras que los girondinos a la derecha.

Posteriormente vinieron los primeros pensadores del socialismo, entre ellos citamos nombres como Saint Simon, Robert Owen y Etienne Cabet. Todos ellos tienen como mérito haber sido los primeros críticos de las miserias del apenas naciente sistema capitalista que ya, en sus inicios, causaba el hambre de millones en Europa. Todos estos pensadores son conocidos hoy como los padres del “socialismo utópico”.

Pero si los pensadores del socialismo utópico fueron pioneros en advertir las miserias del capitalismo, fue, sin duda, Carlos Marx quien descifró el funcionamiento de este sistema, a partir del análisis del mismo y de las contradicciones socioeconómicas de la humanidad a lo largo de la historia.

De ahí Marx propondría un nuevo sistema socioeconómico que, a diferencia del capitalismo que se sostiene sobre la explotación del hombre por el hombre, se sostendría por la repartición justa de la riqueza entre todas y todos los miembros de la sociedad.

Vale aclarar que el comunismo tal como está en la teoría jamás ha existido en ningún país del mundo –no hubo comunismo en la URSS– y lo que en cambio sí ha existido y existe es el capitalismo.

La izquierda como tal había nacido, y los obreros del mundo se interesaban por el pensamiento marxista, que planteaba la toma del poder por parte de los trabajadores en detrimento de la minoría económicamente dominante.

El golpe para la burguesía fue duro con la aparición del marxismo. Marx había desarrollado sus teorías a partir del análisis de los escritos de los padres de la economía liberal como Adam Smith, las cuales eran el sustento ideológico del naciente capitalismo. Las élites económicas no tenían argumentos con qué confrontar dichos análisis y propuestas de Marx.

La izquierda surgió como una critica al modelo de sociedad existente: la sociedad capitalista. Surgió porque la realidad del capitalismo era la miseria de millones.

La derecha por su parte, siempre ha sido la clase política que opera en función de los intereses del gran capital, de las grandes corporaciones, del empresariado. Si la humanidad no se ha autodestruido todavía es porque existe una izquierda que no ha permitido que las grandes corporaciones hagan los que les venga en gana, porque ya vimos que además de miseria, el capitalismo genera guerras, la destrucción del medio ambiente con todas sus especies, y promueve el gasto irresponsable de los recursos naturales de nuestro planeta.

Si el socialismo surgió como respuesta al capitalismo, el socialcristianismo fue la más acertada respuesta de las élites contra el socialismo.

En momentos en que millones de obreros a nivel mundial comenzaban a organizarse bajo la consigna comunista de “proletarios del mundo uníos” en una lucha dirigida sin medias tintas contra la burguesía, clase opresora gracias a su hegemonía económica, el Vaticano, –que venía de perder gran parte de su poder con la caída de las monarquías y el modo de producción feudal–, encontró de manera muy hábil la forma de reinsertarse en la élite del poder económico y político mundial, gracias la encíclica Rerun Novarum del Papa León XIII.

En la citada carta se desvió por completo el planteamiento izquierdista de lucha de clases y se le dijo a los obreros que era ley natural que en una sociedad existiese “lo alto y lo bajo”.

Ese planteamiento fue complementando con otra encíclica del mencionado Papa: Quod Apostolic Numerici, la cual enseñaba que era “oportuno favorecer a las organizaciones de proletarios y obreros que colocadas bajo tutela de la religión, se habitúan a contentarse con su suerte, a soportar meritoriamente los trabajos y llevar siempre tranquila y apacible la vida”.

El socialcristianismo nació para cumplir esa misión: mantener el orden establecido en el marco del sistema capitalista, para que existan unos pocos que vivan muy bien deben existir millones que vivan mal. Por tal razón, el socialcristianismo es eminentemente una ideología política de derecha.

Catalogada como una ideología de centro-izquierda, la socialdemocracia por su parte, sí proviene de las luchas obreras de la izquierda desarrolladas a fines del siglo XIX en el seno de la Internacional Socialista.

De hecho, la socialdemocracia si suscribe –al menos desde el punto de vista teórico– los mismos objetivos de los partidos socialistas. La discrepancia entre los marxistas y los socialdemócratas estuvo más que en el objetivo, en el mecanismo para lograr dicha meta, toda vez que Eduard Bernstein (uno de los padres de la socialdemocracia) planteó que en lugar de una revolución, el objetivo podía lograrse por un lento camino de reformas y conciliaciones con las élites dominantes. La historia demostró el error de Bernstein: hoy existen muchos más pobres que en la época en la que él vivió.

Ahora, en este momento histórico, ante las miserias insostenibles evidenciadas en el marco del sistema capitalista, que ha provocado el despertar de los pueblos, la derecha se niega a sí misma y pide que no la llamen por su nombre.

No obstante, en la práctica hace todo igual: jamás se ha visto un pronunciamiento de nadie de la MUD ni alguna otra organización de derecha en América Latina en contra de las miserables políticas de las corporaciones transnacionales, el FMI o el BM ni contra las invasiones de las potencias colonialistas de siempre contra países como Libia o Palestina. Ni siquiera algún comunicado por la destrucción del medio ambiente provocado por no más de 200 empresas a nivel mundial, por el contrario, sólo mandatarios y partidos de izquierda lo hacen.

Algunos dicen que los de izquierda somos extremistas, pero un mundo en el que 82% vive en la pobreza no puede ser el equilibrio: la humanidad vive en un extremo, el extremo de la pobreza. El socialismo es su posibilidad de llegar al equilibrio: la justa distribución de la riqueza para todos y todas. Mientras exista el capitalismo y mientras existan pobres, existirá la izquierda.

OPINIÓN RONALD MUÑOZ

 

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