Opinión

ILUSTRACIÓN: UNCAS

Aquellos días del 11 de abril del 2002 son aleccionadores para la memoria histórica del pueblo venezolano. La oligarquía venezolana, lacaya y cipaya de las fuerzas del Pentágono, tenía una meta: defenestrar el gobierno constitucional de Hugo Chávez. Las fuerzas reactivas comenzaron a ser temerosas de los héroes de un país que solo solicitaba equidad, garantías constitucionales y detener la miseria. Hoy ciertos grupos y partidos corrompidos reclaman el olvido para con un episodio tan macabro como el Llagunazo. El perdón no es un problema de buen o mal corazón, no se puede banalizar la justicia como ha pretendido la estolidez de unos medios dispuestos a la amnesia con tal de redimir a los culpables de aquel funesto golpe de Estado. Aquel día pétreo –lleno de víctimas inocentes, planificado para el horror– nos dejó una enseñanza: no es posible la impunidad ante la barbarie.

Debemos recordar permanentemente la impunidad que ha existido en Venezuela. El 27 y 28 de febrero se dio la masacre de un pueblo con la aprobación de los altos jerarcas del poder de la época. De aquellos días temibles de asalto a la democracia nos queda el miedo que pueda retornar el primitivismo y los métodos criminales de Betancourt, disparar primero y averiguar después. La democracia de Carlos Andrés Pérez dilapidó los recursos de los venezolanos sin que la situación cambiase. Venezuela seguía nadando en la corrupción, en la desasistencia social. La violencia definitivamente nos regalaba sus carantoñas envenenadas encumbrando a la oficialidad de aquel ejército corrompido de la Cuarta República.

Las fuerzas reactivas comandadas por Posada Carriles hicieron volar el avión que trasladaba al equipo cubano de esgrima, éste explotó y nada ocurrió. Los Estados Unidos de América estaban dispuestos a todo para mantener la violencia en América y derrocar a Fidel. El gobierno de Carlos Andrés Pérez dilapidó una fortuna y nadie fue preso. Lusinchi confirió poderes secretos a su concubina; la derecha, ni la socialdemocracia venezolana puso el grito en el cielo. Las fotos que mostraron a Blanca Ibáñez vestida de militar de alta jerarquía en 1987 cuando el desbordamiento del río Limón nos dejó boquiabiertos a todos y demostraron que el bravo ejército libertador venía palo a pique. A Ibáñez se le señaló como personera de alta alcurnia en el tráfico de influencias con Recadi, asimismo era un escándalo que los ascensos militares los decidiera esta secretaria privilegiada de cuya ortografía nadie se quiere acordar.

La impunidad se manifestó en los gobiernos de la Cuarta República con claridad. El Carupanazo, el Porteñazo dejaron un alto saldo de muertos. Se satanizaban los métodos violentos de la guerrilla, pero el bombardeo que hizo Betancourt al Fortín Solano no fue repudiado. Estas verdades se han pretendido silenciar y olvidar. Los bonachones de la Cuarta República nos dicen a cada instante que el pasado era bello.

Caldera representaba la paz democrática y la pacificación, pero se siguió torturando, vejando y humillando en su gobierno y no se hizo un juicio a esta manera de entender la democracia. Caldera encarnó una Venezuela de la opulencia y de la violencia. Noel Rodríguez y centenas de venezolanos fueron perseguidos y exterminados. En su juventud Caldera le propinó a Francisco Pimentel (Job Pim) una terrible paliza, quedando impune aquel hecho del demócrata. La historia comenzaba a delinear los alcances retardatarios de la derecha y sus hábitos.

Los gobiernos de la Cuarta República allanaron la inmunidad parlamentaria a los diputados del Partido Comunista de Venezuela y esto pasó como un hecho natural. Venezuela en los sesenta fue asaltada por el oleaje de la violencia. Trujillo intentó asesinar a Betancourt; esto no tuvo éxito, solo se le quemaron las manos al gobernante a pesar de haber dicho, en un discurso reciente a la nación, que se me quemen las manos si yo he tocado el tesoro nacional. Todas estas cosas ocurrieron en una especie de dislates donde todos parecíamos alucinar.

No se puede confundir el perdón con la impunidad. La muerte de 19 venezolanos no es cualquier cosa. La planificación del crimen es un delito imperdonable para un país donde se intentan sembrar los valores de la equidad, del respeto mutuo y de la convivencia. La razón de la oposición golpista ha sido colonizada por el odio. La presencia de los paramilitares en la hacienda Daktari fue un hecho horrendo, allí se planificaba el magnicidio y el derramamiento de sangre del pueblo venezolano.

La oposición golpista nunca estuvo interesada en ver como crímenes los sucesos del 27 y 28 de febrero. Cuando un ejército dispara contra la población civil a mansalva no hay justificación posible. No se puede voltear el juego, los victimarios no pueden declarase víctimas. Esto no es un asunto fácil, están en juego los intereses de la república, se juega también la soberanía del país. La Cuarta República enalteció a los militares ejecutores de aquella masacre. Los tribunales nacionales nunca condenaron a los altos jefes militares responsables de aquellos hechos, al contrario la discursividad política de la época los enalteció.

El poder se hace inmaculado, todos quieren rendirle la venia. La Cuarta República nunca reabrió los expedientes de los estudiantes asesinados y desaparecidos. Nadie tenía la oportunidad de saber qué había pasado. Muchos líderes de la izquierda venezolana execraron a Chávez y a los militares alzados contra la democracia putrefacta de Carlos Andrés Pérez. A muchos líderes de la izquierda conversa se les olvidan los allanamientos, las torturas y la muerte de estudiantes.

El perdón político no es el de Dios. Los culpables y sus hechos bochornosos no dejan de serlo porque seamos piadosos. El leguleyismo trasnochado no puede hacer olvidar los sufrimientos de todas aquellas madres, padres, hermanos, esposas e hijos que perdieron a sus familiares en las manos de una democracia corrompida.

La derecha golpista sigue conspirando en el exterior, sus relaciones con Uribe Vélez han sido más que evidentes, los planes con el terrorismo son harto conocidos. Cuando se solicita por razones humanitarias la asistencia médica de los privados de libertad, se otorga por razones humanitarias, sin que esto signifique borrón y cuenta nueva. Los crímenes del 11 de abril son más que evidentes, la fragua del golpe de Estado es un hecho comprobado. La Iglesia opina abstractamente sobre situaciones que tienen un fondo más profundo.

La propia oposición juega al discurso dual, cada vez que el gobierno introduce mejoras en las cárceles, o en las leyes, se le ataca por convertir las prisiones en un paraíso. El ideal de una buena cárcel es restituir al individuo al recto camino y esto solo se logra cuando la moral revolucionaria se convierte en el camino certero del buen vivir, que no es otra cosa que la reivindicación de los principios de solidaridad, la negación del individualismo, el derecho a una vida digna y la libertad.

En Venezuela en 14 años de gobierno de Chávez se han hecho esfuerzos por llevar los planes de lectura a las cárceles. Las misiones Ribas y Sucre ofrecen a esta población ayuda académica, de tal manera que una vez en la calle el privado de libertad pueda contar con los recursos profesionales para llevar una vida buena. Se ha intentado fomentar el deporte, el teatro, la creación literaria.

El proyecto cuartorrepublicano de Primero Justicia se ha saltado a la bartola todos los pasos de la dignidad. Sus diputados que deberían ser el ejemplo a seguir se han convertido en bandoleros y forajidos. El oro negro parece no respetar credos ni conciencia moral. Los ideales de la República no cuentan para estos fariseos de la modernidad. Lo que priva son las ganancias, estas parecen estar por encima de toda conciencia ética. El miedo se ha apoderado de las calles del país, la experiencia nos alerta sobre esta oposición corrompida que está dispuesta a todo.

 

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