Opinión

No es suficiente denunciar. Tenemos ahora que enunciar Michel Maffesoli

Los catorce años del proceso que lidera el presidente Hugo Chávez son una verdadera cantera de aprendizajes. En sus inicios, los militantes de la derecha, sorprendidos y desconcertados, no supieron qué hacer. Algunos sintieron simpatías por el desconocido teniente coronel que una mañana irrumpió en nuestra historia con la providencial frase “por ahora”. Ya cuando se hizo presidente, urdieron los lobbys tradicionales para procurar conjurar los peligros que significaba para el statu quo que habían sustentado junto a los gobiernos del Puntofijismo. La izquierda, por su lado, se dividió en dos: los que acompañaban sin condiciones al joven militar y los recelosos, que ya habían abandonado las lecciones del marxismo y se adentraban al ideal de Socialismo inocuo, liderado por estafadores de la fe revolucionaria europea como Felipe González. En medio de las derechas y de las izquierdas, el pueblo llano vivía un tórrido romance con un líder del que solo conocía una cosa: tenía coraje.

Chávez fue un fenómeno de la antipolítica. Emergió en medio de un régimen partidista agonizante. La antipolítica se nutre del nihilismo, descree de la organización social y promueve la fe por encima de la razón política. Con Chávez hemos vivido una auténtica metamorfosis de la política venezolana. A la derecha se le cayó pronto la candidez y desde muy temprano comenzó a promover por todas las vías la caída de Chávez, la izquierda felipista abrazó sin rubor el ideario de la ultraderecha. Y la otra izquierda se ha dedicado más que a propiciar el proceso, a acompañarlo. La hemos visto más aplaudiendo a Chávez que comprendiéndolo. Por fortuna, el chavismo desde hace tiempo dejó de ser antipolítica. Y ese cambio se debe esencialmente al líder del proceso: él mismo ha tenido que reinventarse. Y por ello es natural que en su haber se anoten grandes errores.

Hemos visto a Chávez no solo gobernar, sino también aprender a hacerlo. Y esos aprendizajes no son solo el producto de su práctica, sino también de sus lecturas, de sus estudios y de su hermenéutica política, que aplica no solo con su cerebro y con su olfato. Los discursos del Chávez de ahora no tienen nada que ver con aquellos del militar aún enamorado de su bibliografía militarista, sino con un político imaginativo, sagaz y arrojado.

La coyuntura actual coloca al chavismo ante una enorme tarea: hacer que su ideario se convierta en un capital político sólido. Implica esto la trascendencia de lo electoral. Ya el Polo Patriótico ha probado ser la más eficaz maquinaria electoral del país. Quedan pendientes otros retos, como gobernar con mayor eficacia y hacer del socialismo algo más que una consigna.

Gobernar va más allá de la buena fe. Por supuesto que esta es clave. Pero para gobernar hay que hacer política. La coherencia entre gobernar y la política es fundamental. Pero una política es la encarnación de un ideario.

Habría que cambiar la política de denuncia por la política de enunciados. Catorce años de gobierno hacen al chavismo responsable de lo que es hoy el Estado. ¿Hacia dónde deben apuntar esos enunciados? Creo que esencialmente a aclarar cuáles son los espacios políticos de nuestro socialismo. Y allí es donde debe jugar papel importante la izquierda que hasta ahora se ha dedicado a acompañar y a aplaudir a Chávez. Todo el país espera de ella el esfuerzo enunciativo necesario. Porque, digámoslo con honestidad, el que ha parido ese ideario es Chávez, ante el que hay que mostrarse crítico para elucidar la ideología con la que aspiramos concretar la revolución socialista venezolana.

Es prioritario para los revolucionarios dedicarnos más a la política que al proselitismo. La concepción de la política como una operación mando-obediencia procura ser superada por la democracia participativa, que tiene un duro escollo cuando se enfrenta a unas estructuras partidistas verticales, que hacen más teatro participativo que democracia profunda. La burocratización está haciendo crisis en una militancia revolucionaria que aprendió directamente de su líder a actuar con pasión en la política. La militancia ya no quiere ser masa mitinesca. Quiere compromisos más profundos.

Esa política tiene que ser profundamente ética. Una ética se vive personalmente. Nadie la experimenta en el cuerpo de otro. Lo que implica dotar a los militantes revolucionarios, primero de un margen de acción libre, que permita un diálogo permanente con el otro. Esa ética tiene que alimentarse de la diversidad. No se trata de una tolerancia demagógica. No se puede tolerar todo. Por ejemplo, la corrupción en ninguna de las escalas. Tan corruptos son los exmagistrados prófugos, los exgobernantes autoexiliados, los comisionistas enquistados en los organismos públicos, como el humilde militante que se vale de las misiones de alimentos para comprar, por vía de la picaresca, enormes cantidades de víveres para “pormenorizarlos” en los mercados populares a precios que triplican su valor original, aprovechándose de que en esos mercados no existe ninguna supervisión ni de Indepabis ni de las alcaldías. A la militancia también es necesario formarla. Y para eso los partidos tienen que desarrollar una pedagogía de la ética sólidamente coherente.

Hay que internalizar que el ejercicio de la democracia no es una abstracción, sino una práctica con actores y contextos, y no un despojo de la voluntad soberanista para resignarse a que otros gobiernen. Tampoco es un affaire de especialistas ni escenario espectacular donde todo se dirige a la persuasión. No. La propaganda es un instrumento creado por el mercado para insuflar el consumo. La política no es mercadotecnia. Un revolucionario debería tener argumentos, no consignas.

Hay que enunciar el Estado que deseamos y procurar que la práctica de gobierno se encamine hacia ese ideal. El chavismo tiene la responsabilidad de enunciar la visión de ese Estado, que debe encarnar en la cotidianidad de su praxis política. Me inclino por la visión mafesoliana de la metamorfosis. Dice el filósofo francés que “La idea de metamorfosis, más rica que la idea de revolución, guarda la radicalidad transformadora, pero la liga a la conservación (de la vida, de la herencia de las culturas)”1. En el chavismo el Estado venezolano se ha ubicado muy lejos de una revolución o de una metamorfosis. El viejo Estado sigue campante, entorpeciendo la emergencia del socialismo. Continúa el rentismo petrolero, el empresariado parasitario, más pendiente de crear dinero que riquezas. Las empresas que pujan por irrumpir en el escenario socialista aún no consiguen distanciarse de la cultura del capital. Aunque se ha mejorado la vida del venezolano, sobre todo la de los pobres. Esa superación vive aún la etapa del asistencialismo. Se hacen profundos esfuerzos por superarla, creando empresas socialistas o iniciativas que posibiliten la autonomía económica de la gente. Algunas de esas iniciativas han sido víctimas de la cultura corruptiva. Como ha crecido enormemente la demanda de productos alimenticios, gracias al aumento de la liquidez de los pobres, los víveres escasean y la producción interna es insuficiente. Se ha procurado incrementar la productividad alimentaria con resultados todavía insuficientes. El régimen de cambio de la divisa ha confrontado duros avatares. Y, sobre todo, el Estado ha permitido a los bancos una política financiera, casi usurera. Y en el país se ve más dinero que productos.

Un Estado socialista debería impulsar otra dialéctica del crecimiento. Maffesoli en el artículo del cual extraigo el epígrafe de este texto, dice que “La orientación ‘crecimiento/de-crecimiento’ significa que habría que hacer crecer los servicios, las energías verdes, el transporte público, la economía plural y su economía social y solidaria, la humanización de las megápolis, las agriculturas y granjas ecológicas, pero decrecer la intoxicación consumista, la alimentación industrializada, la producción de objetos desechables y no reparables, el tráfico de automóvil, el tráfico de camión (en provecho de los ferrocarriles)”. Muchas de esas concepciones están presentes en las ejecutorias del gobierno de Chávez. Pero necesitan del apoyo político que las consoliden. Algunas de ellas pasan por introducir al foro militante los argumentos para que el ideario se comprenda al margen de los proselitismos.

1.Michel Maffesoli. “Eloge de la métamorphose”. Artículo aparecido en Le Monde, 10.01.10.

Poeta, ensayista y profesor universitario

CELSO MEDINA

medinacelso@gmail.com

ILUSTRACIÓN: UNCAS

 

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